Friday, January 10, 2025

SILENCIO

 

Desierto de Atacama

"En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A cambio de pago, el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar"
                                                    Byung-Chul Han

 

A continuación transcribo el capítulo 'Silencio' del libro 'No-cosas, quiebras del mundo de hoy' de Byung-Chul Han.

 

*   *   * 

 

Lo sagrado está ligado al silencio. Nos hace escuchar: «Myein, consagrar, significa etimológicamente "cerrar"; los ojos, pero sobre todo la boca. Al comienzo de los ritos sagrados, el heraldo "ordenaba" el "silencio" (epitattei ten siopen)». Hoy vivimos en un tiempo sin consagración. El verbo fundamental de nuestro tiempo no es «cerrar», sino abrir, «los ojos, pero, sobre todo, la boca». La hipercomunicación, el ruido de la comunicación, desacraliza, profana el mundo. Nadie escucha. Cada individuo se produce a sí mismo. El silencio no produce nada. Por eso, el capitalismo (1) no ama el silencio. El capitalismo de la información produce la compulsión de la comunicación.

El silencio agudiza la atención hacia el orden superior (2), que no tiene por qué ser un orden de dominación y poder. El silencio puede ser muy pacífico, incluso amistodo y profundamente gratificante. Es cierto que un poder dominante puede imponer silencio a los sometidos. Pero el callar forzado no es silencio. En el verdadero silencio no hay coacción. No es opresivo, sino elevador. No roba, sino que regala.

Cézanne consideraba que la tarea del pintor es hacer el silencio. La montagne Sainte-Victoire se le aparecía como un imponente macizo de silencio al que debía obedecer. La verticalidad, la montaña que se alza, manda silencio. Cézanne cumplió el mandato de silencio retirándose por completo para no ser nadie. Se limitaba a ser oyente: «Toda su voluntad ha de ser de silencio. Debe hacer callar en él todas las voces de los prejuicios, olvidar, olvidar, hacer el silencio, ser un eco perfecto. Entonces se inscribirá todo el paisaje en su placa sensible».

Escuchar es la actitud religiosa por excelencia. El Hiperión de Hölderin así lo corrobora: «Todo mi ser enmudece y escucha cuando las delicadas ondas del aire juegan en mi pecho. Perdido en el inmenso azul, alzo a menudo la mirada al Éter y la dejo caer hacia el sagrado mar, y es como si un espíritu familiar me abriera los brazos, como si el dolor de la soledad se disolviera en la vida de la divinidad. Ser uno con todo es la vida de la divinidad, es el cielo del hombre. Ser uno con todo lo que vive, regresar, en un dichoso olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, es la cima de los pensamientos y las alegrías, es la sagrada cumbre de la montaña, el lugar del reposo eterno». Ya no conocemos ese enmudecimiento sagrado que nos eleva a la vida de la divinidad, al cielo del hombre. El dichoso olvido de sí mismo da paso a la excesiva autoproducción del ego. La hipercomunicación digital, la conectividad ilimitada, no crea ninguna conexión (3), ningún mundo. Más bien aísla, acentúa la soledad. El yo aislado, sin mundo, deprimido, se aleja de esa dichosa soledad, de esa sagrada cumbre de la montaña.

Hemos anulado toda trascendencia, todo orden vertical que reclame silencio. La verticalidad claudica ante la horizontalidad. Nada se alza. Nada profundiza. La realidad se allana en flujos de información y de datos. Todo se extiende y prolifera. El silencio es una manifestación de negatividad. Es exclusivo, mientras que el ruido es el resultado de una comunicación permisiva, extensiva y excesiva.

El silencio nace de la indisponibilidad. No disponer de nada estabiliza y acentúa la atención, despierta la mirada contemplativa. Esta tiene paciencia para lo largo y lo lento. Cuando todo está disponible y es alcanzable, la atención profunda no halla ocasión. La mirada no se detiene. Vagabundea como la de un cazador (4).

Para Nicolas Malebranche, la atención era la oración natural del alma. Hoy el alma ya no reza. Se produce. La comunicación extensiva dispersa el alma. Solo las actividades que se asemejan a la oración pueden conciliarse con el silencio. Pero la contemplación se opone a la producción. La compulsión de producir y comunicar destruye el recogimiento contemplativo.

Según Barthes, la fotografía debe «ser silenciosa». No le gustan las «fotografías estruendosas». «Para ver bien una foto vale más levantar la cabeza o cerrar los ojos.» El punctum, esto es, la verdad de una fotografía, se revela en el silencio, cerrando los ojos. La información que persigue el studium es estruendosa. Importuna a la percepción. Solo el silencio, los ojos cerrados, excita la fantasía. Barthes cita a Kafka: «Fotografiamos cosas para ahuyentarlas del espíritu. Mis historias son una forma de cerrar los ojos».

Sin fantasía solo hay pornografía. La propia percepción muestra hoy rasgos pornográficos. En ella se produce como un contacto inmediato, una copulación de imagen y ojo. Lo erótico se hace realidad cerrando los ojos. Solo el silencio, la fantasía, abre a la subjetividad los profundos espacios interiores del deseo: «La subjetividad absoluta solo se consigue mediante un estado, un esfuerzo de silencio (cerrar los ojos es hacer hablar la imagen en el silencio). La foto me conmueve si la retiro de su charloteo ordinario [...]: no decir nada, cerrar los ojos [...]». El desastre de la comunicación digital proviene del hecho de que no tenemos tiempo para cerrar los ojos. Los ojos se ven forzados a una «continua voracidad». Pierden el silencio, la atención profunda. El alma ya no reza.

El ruido es una suciedad tanto acústica como visual. Contamina la atención. Michel Serres atribuye el ensuciamiento del mundo a la voluntad de apropiación de origen animal: «El tigre orina en las lindes de su territorio. Lo mismo que el león y el perro. Y, al igual que estos mamíferos carnívoros, muchos animales, nuestros primos, marcan su territorio con su orina densa y maloliente; también con sus ladridos o con sus [...] deliciosos cantos, como los pinzones y los ruiseñores». Escupimos en la sopa para disfrutarla solos. El mundo está contaminado no solo por los excrementos y los residuos materiales, sino también por los residuos de la comunicación y la información. Está plagado de anuncios. Todo grita para llamar la atención: «[...] el planeta será completamente tomado por los residuos y las vallas publicitarias [...] en cada roca, en cada hoja de árbol, en cada parcela agrícola se implantarán anuncios; en cada planta se escribirán letras [...]. Como la catedral de la leyenda, todo quedará inundado por el tsunami de signos».

Las no-cosas se anteponen a las cosas y las ensucian. La basura de la información y la comunicación destruye el paisaje silencioso, el lenguaje discreto de las cosas:

Las letras y las imágenes imperiosas nos obligan a leer, mientras que las cosas del mundo imploran a nuestros sentidos que les den un significado. Las segundas ruegan; las primeras mandan. [...] Nuestros productos tienen ya un significado -banal- que es tanto más fácil de percibir cuanto menos elaborados sean, cuanto más cerca de los desechos estén. Los cuadros son desechos pictóricos; los logotipos, desechos de escritura; los anuncios, desechos visuales; los spots publicitarios, desechos musicales. Estos signos simples e inferiores se imponen por sí solos a la percepción y oscurecen el paisaje más delicado, discreto y mudo, que a menudo parece no ser visto, pues es la percepción la que salva las cosas.

La implantación digital en la red genera mucho ruido. La batalla por los territorios cede ante la batalla por la atención. La apropiación también adopta una forma muy diferente. Producimos incesantemente información para que a otros les guste. Los ruiseñores de hoy no tuitean para ahuyentar a los demás. Más bien tuitean para atraer a otros. No escupimos en la sopa para evitar que otros la disfruten. Nuestro lema es, más bien, compartir, sharing. Ahora queremos compartirlo todo con el mundo, lo cual conduce a un ruinoso tsunami de información.

Las cosas y los territorios determinan el orden terreno. No hacen ruido. El orden terreno es silencioso. El orden digital está dominado por la información. El silencio es ajeno a la información. Contradice su naturaleza. La información silenciosa es un oxímoron. La información nos roba el silencio imponiéndose y reclamando nuestra atención. El silencio es un fenómeno de la atención. Una atención profunda solo produce silencio. Pero la información tritura la atención.

Según Nietzsche, es propia de la «cultura aristocrática» la capacidad de «no reaccionar enseguida a un estímulo». Ella controla los «instintos que ponen obstáculos, que aíslan». «A lo extraño, a lo nuevo de toda especie se lo dejará acercarse con una calma hostil.» El «tener abiertas todas las puertas», el «estar siempre dispuesto a meterse, a lanzarse de un salto dentro de los hombres y otras cosas», es decir, la «incapacidad de oponer resistencia a un estímulo», es una actitud destructiva para el espíritu. La incapacidad de «no reaccionar» es ya «enfermedad», «decadencia», «síntoma de agotamiento». La permisividad y la permeabilidad totales destruyen la cultura aristocrática. Cada vez perdemos más los últimos instintos de aislamiento, la capacidad de decir no a los estímulos intrusos.

Es preciso distinguir dos formas de potencia. La potencia positiva consiste en hacer algo. La negativa es la disposición a no hacer nada. Pero no es idéntica a la incapacidad de hacer algo. No es una negación de la potencia positiva, sino una potencia independiente. Permite que el espíritu permanezca en calma contemplativa, es decir, preste una atención profunda. Sin esta potencia negativa, caemos en la hiperactividad destructiva. Nos hundimos en el ruido. El fortalecimiento de la potencia negativa por sí solo puede restablecer el silencio. Sin embargo, la compulsión imperante de comunicación, que resulta ser una compulsión de producir, destruye deliberadamente la potencia negativa.

Hoy nos producimos sin cesar. Esta autoproducción hace ruido. Guardar silencio significa retirarse. El silencio es también un fenómeno de ausencia del nombre. No soy dueño de mí mismo, de mi nombre. Soy un invitado en mi casa, solo soy el inquilino de mi nombre. Michel Serres guarda silencio decontruyendo su nombre:

Me llamo, en efecto, Michel Serres. Porque lo llaman mi nombre propio, mi idioma y la sociedad me hacen creer que soy el propietario de esas dos palabras. Mas yo conozco a cientos de Michels, Migueles, Michaels, Mikes o Mijaíls. Ellos mismos conocen Serres, Sierras. Junípero Serra [...] que provienen del nombre uraloaltaico de las montañas. Me he encontrado con homónimos exactos unas cuantas veces. [...] Así, los nombres propios a veces imitan o repiten nombres comunes, y a veces incluso lugares. Así, el mío cita el Mont-Saint-Michel en Francia, en Italia o en Cornualles, tres lugares encadenados. Habitamos sitios más o menos espléndidos. Me llamo Michel Serres, y no soy en absoluto propietario de este nombre, sino que él me tiene alquilado.

La apropiación del nombre causa mucho ruido. El fortalecimiento del ego destruye el silencio. El silencio reina cuando me retiro, cuando me pierdo en lo innominado, cuando me vuelvo débil: «Blando, quiero decir aéreo y fugaz. Blando, quiero decir fuera de sí y débil. Blando, blanco. Blando, tranquilo».

Nietzsche sabía que el silencio lleva aparejada la retirada del yo. Me enseña a escuchar y a prestar atención. Nietzsche opone a la apropiación ruidosa del nombre el «genio del corazón»: «El genio del corazón, que a todo lo que es ruidoso y se complace en sí mismo lo hace enmudecer y le enseña a escuchar, que pule las almas rudas y les da a gustar un nuevo deseo, el de estar quietas como un espejo, para que el cielo profundo se refleje en ellas [...] el genio del corazón, de cuyo contacto todo el mundo sale más rico [...] tal vez más inseguro, más delicado, más frágil, más quebradizo [...]». El «genio del corazón» del que habla Nietzsche no se produce. Más bien, se retira a la ausencia del nombre. La voluntad de apropiación como voluntad de poder retrocede. El poder se convierte en benevolencia. El «genio del corazón» descubre la fuerza de la debilidad, que se expresa como esplendor del silencio.

Solo en el silencio, en el gran silencio, establecemos relación con lo innominado, que nos supera, y frente a lo cual palidece nuestro esfuerzo por apropiarnos del nombre. Por encima de este se eleva también ese genio «al que viene confiada la tutela de cada hombre en el momento de su nacimiento». El genio permite que la vida sea algo más que una mísera supervivencia del yo. Representa un presente intemporal: «El rostro juvenil de Genius, sus alas largas y temblorosas, significan que él no conoce el tiempo [...]. Por eso el cumpleaños no puede ser la conmemoración de un día pasado, sino, como toda fiesta verdadera, la abolición del tiempo, epifanía y presencia del Genius (5). Esta presencia imborrable es lo que nos impide cerrarnos en una identidad sustancial: Genius es quien rompe la pretensión de Yo de bastarse a sí mismo».

La percepción absolutamente silenciosa se asemeja a una imagen fotográfica con un tiempo de exposición muy largo. La fotografía del Boulevard du Temple de Daguerre presenta en realidad una calle parisina muy concurrida. Sin embargo, debido al tiempo de exposición extremadamente largo, típico del daguerrotipo, todo lo que se mueve se hace desaparecer. Solo es visible lo que permanece quieto. El Boulevard du Temple irradia una calma casi pueblerina. Además de los edificios y los árboles, solo se ve una figura humana, un hombre a quien limpian los zapatos, y por eso está quieto. La percepción de lo temporalmente largo y lento solo reconoce las cosas quietas. Todo lo que se apresura está condenado a desaparecer. El Boulevard du Temple puede interpretarse como un mundo visto con el ojo divino. A su mirada redentora solo aparecen los que permanecen en silencio contemplativo. Es el silencio lo que redime.


Notas (mías):

(1) Byung-Chul Han usa el término 'capitalismo', pero quien no se sienta cómodo con eso que lo cambie por 'productivismo industrial'.

(2) Ver orden implicado (o plegado) de Bohm.

(3) El exceso de conexión física destruye la conexión "fantasmal" (aludiendo a la conexión "no física" entre partículas entrelazadas).

(4) Y entonces la vida se reduce a pura supervivencia. Es lo que hemos conseguido con la modernidad, que al librarnos de las ataduras de la naturaleza, nos iba a permitir elevarnos por encima de la mera supervivencia.

(5) En otros textos, Byung-Chul Han habla del papel de las tradiciones y las fiestas como andamiajes del tiempo que le dan puntos de apoño y estructura. Relacionándolo con lo dicho aquí, parece que el tiempo, al apoyarse en sus puntos de estructura, pudiera desaparecer, mientras que un tiempo sin estructura devendría en corriente acelerada por la que precipitarnos.
 

Friday, November 22, 2024

SCHOPENHAUER

 

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Ilustración de Arthur Rackham del Anillo del Nibelungo

 

A continuación viene la traducción de un artículo de John Michael Greer que forma parte de una magnífica serie donde, a propósito de fundamentar la influencia cultural y filosófica que inspiró a Wagner al crear su ópera 'El anillo del nibelungo', analiza en profundidad el contexto histórico de la época, en especial aquellos rasgos que llevaron a afianzar la deriva suicida en la que ahora estamos inmersos y atrapados. Me centro en esta parte de la serie porque expone de manera brillante y muy original la filosofía de Schopenhauer, filósofo puente entre el pensamiento occidental y oriental, que nos puede ser muy útil para ir aprendiendo a transitar nuestro duelo como especie en declive y nuestro retorno a nuestra función original perdida. No obstante, os animo a leer el resto de la serie para poder captar toda la profundidad del mensaje.


*    *    *

 

Al final del último y emocionante episodio de nuestro viaje a través de la enmarañada jungla del Anillo del Nibelungo, Richard Wagner, que huía del reino de Sajonia poniendo precio a su cabeza, acababa de ponerse a salvo en Suiza.  Allí permanecería, sobreviviendo con el dinero que podía ganar escribiendo e intentando esquivar a los cobradores de deudas, mientras trabajaba en una gigantesca tetralogía de óperas que nadie estaba interesado en producir. Fue una época difícil para él, y resultó ser una de las mejores cosas que le podían haber pasado.

Wagner cuando era joven, presumido y desorientado.


Es una experiencia común para cierto tipo de jóvenes intelectuales despistados. Puedo afirmarlo con cierta seguridad porque pasé por ello cuando tenía veinte años. Puede ocurrir cada vez que te echan de una situación cómoda en la que todas tus facturas las pagan otras personas, y de repente tienes que mantenerte alimentado, vestido y alojado por tu propio esfuerzo. Es una de las formas más eficaces de desprenderse del tipo de creencias tontas sobre la vida que se ponen de moda entre quienes no tienen que preocuparse de dónde vendrá su próxima comida.

En mi caso, el final de mi primera etapa universitaria y el comienzo de mi matrimonio lograron el truco. Wagner, por lo general, lo hizo a una escala mayor que la mayoría, liderando una revolución fallida, siendo despedido de su cómodo trabajo como Kapellmeister de la corte real de Sajonia y convirtiéndose en persona non grata en la mayoría de los mercados potenciales para sus habilidades. Sin embargo, los resultados fueron similares, como suelen serlo: el joven intelectual despistado tiene que prestar un poco más de atención a las realidades y un poco menos a las nociones abstractas sobre las realidades, y se vuelve un poco menos despistado en el proceso. Suele haber algo de lloriqueo -me avergüenza decir que me pasó a mí- y aquí también Wagner lo hizo a mayor escala que la mayoría.

Muy a menudo, sin embargo, lo que ocurre es que en algún momento, normalmente cuando el lloriqueo se convierte en silencio y el joven intelectual no tan despistado se da cuenta de que nadie más en el mundo le está escuchando, aparece una idea, una enseñanza, un libro o cualquier otro estímulo mental que le saca del lodazal en el que se ha metido. Eso también le ocurrió a Wagner.

Sorprendentemente, su reacción no fue más grandiosa que la de la mayoría. En su caso fue un libro el que le dio la sacudida necesaria; procedió a estudiar ese libro con el tipo de intensidad apasionada que los profesores desean que sus alumnos demuestren de vez en cuando, y sus cartas muestran que comprendió lo que el libro tenía que decir más completamente que la mayoría, pero eso no es nada raro en tales situaciones. A partir de ese momento, aunque Wagner no cambió precisamente sus costumbres -siguió pidiendo dinero prestado y no devolviéndolo, por ejemplo-, se lanzó a trabajar con renovado vigor, y la tetralogía se despojó de su fácil optimismo feuerbachiano para abrazar una visión más rica, trágica y realista de las cosas.


La realidad es un buen remedio para el estado anterior. Aquí tenemos a Wagner en su vida adulta.



El libro que le sirvió a Wagner fue Die Welt als Wille und Vorstellung (El mundo como voluntad y representación), de Arthur Schopenhauer. Wagner no fue ni mucho menos la única persona de su época que se sintió sacudida hasta la médula por la obra de Schopenhauer; ésta tuvo un impacto inmenso en todas las culturas de Europa y de la diáspora europea.  El arte, la literatura, la música y la cultura popular resonaron con el impacto del pensamiento de Schopenhauer. El único campo en el que no tuvo ningún impacto fue el que le importaba a Schopenhauer, que era la filosofía.

Para comprender el fenómeno Schopenhauer, conviene retroceder un poco y recordar la terrible situación en la que se encontraba la filosofía europea tras Immanuel Kant.  Sobre la base de dos siglos de duro trabajo de filósofos anteriores, Kant demostró con despiadada claridad que casi todo lo que creemos saber sobre el mundo son conjeturas de segunda mano. Realmente hay un mundo ahí fuera -eso también lo demostró-, pero nuestras percepciones del mismo tienen que pasar por tres filtros: primero, el filtro de los sentidos, que sólo captan una pequeña fracción de lo que ocurre ahí fuera; segundo, el filtro del sistema nervioso, que pliega, hila y mutila la información de los sentidos para que pueda ser procesada por la mente; y tercero, el filtro de la mente, que está tan repleta de esquemas interpretativos genéticos, culturales y personales que es una maravilla que llegue alguna información sobre el mundo.



Como era de esperar, Schopenhauer pasó por el mismo proceso. Aquí está su foto policial, cuando era joven y despistado.


Como señalé hace dos semanas, todas las tradiciones filosóficas hacen este descubrimiento tarde o temprano. En las tradiciones sanas y maduras, tras un periodo de animado debate que demuestra que, de hecho, no podemos saber tanto sobre el universo, los filósofos se alejan de los grandes esquemas sobre la naturaleza de todo y vuelven a centrarse en cómo vivir en un mundo en el que la naturaleza de todo es exactamente lo que no podemos saber.

El enfoque de las filosofías resultantes varía de una tradición a otra. En China, donde el giro decisivo aparece en los escritos de Lao Tsu, la filosofía posterior se centró en la vida social y política, tratando de resolver el problema de cómo pueden convivir los seres humanos en relativa paz. En la India, donde el giro ya es evidente en los Upanishads, la filosofía posterior se centró en el misticismo y la búsqueda de la armonía con lo Divino. En Grecia, donde el giro se produjo en vida de Sócrates, la filosofía posterior se centró en la ética y exploró vías para que el individuo viviera en armonía consigo mismo.

Nadie sabe qué dirección tomará la filosofía occidental cuando descubra los límites de la mente humana. Puede que nuestra tradición filosófica sea la excepción y que, en lugar de afrontar el reto, como han hecho otras tradiciones filosóficas, se tape los ojos y los oídos con los dedos, cante «La, la, la, ¡no te oigo!» a pleno pulmón y siga hundiéndose en el fango de la incoherencia y la inutilidad hasta desaparecer de la vista.  Sin embargo, como mencioné en un post anterior, ha habido algunas nobles excepciones a ese hábito, y el más influyente de ellos fue Arthur Schopenhauer.

Algunos datos biográficos pueden ayudar.  Schopenhauer nació en 1788, hijo de un rico hombre de negocios y su ambiciosa esposa, en lo que entonces era la pequeña ciudad-estado germanófona de Danzig y hoy es la ciudad polaca de Gdansk. Sus padres le dieron una educación de primera clase, enviándole a estudiar a Francia e Inglaterra para que fuera trilingüe con fluidez y apoyándole ampliamente en su desarrollo intelectual, aunque eso y un abultado fondo fiduciario fueron casi los únicos beneficios que obtuvo de ellos.  Niño problemático e infeliz, se convirtió en una persona extremadamente difícil, aunque lo único que tenía en común con Wagner era la arrogancia.

Se doctoró en Filosofía en 1813 con una disertación titulada Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, que retomaba donde lo había dejado Kant y se proponía responder a una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo sabemos que una afirmación es verdadera? ¿Qué nos da razón suficiente para afirmar que tal o cual cosa es cierta?  Fue una actuación valiente, pero sólo estaba calentando motores.  Pasó los años que van de 1814 a 1818 en Dresde, entonces un centro de actividad intelectual, escribiendo a un ritmo febril.  El resultado, El mundo como voluntad y representación, pretendía dar sentido a la existencia humana desde la perspectiva que había abierto Kant.


Aquí está el viejo cascarrabias de Frankfurt en sus últimos años.


Tenía un arma secreta, que muy pocos filósofos occidentales han utilizado desde entonces. En su época, las riquezas de la filosofía asiática acababan de empezar a llegar a los intelectuales occidentales, donde (como Schopenhauer) fueron acogidas con entusiasmo por personas de casi todos los campos del pensamiento, salvo la filosofía. Hasta el día de hoy, la mayor parte de la filosofía occidental se pavonea fingiendo que nadie al este del río Jordán ha tenido nunca un pensamiento profundo. Schopenhauer fue la gran excepción. Tenía una copia de la primera traducción europea de los principales Upanishads, los textos fundamentales de la filosofía india, y se los tomaba tan en serio como a Platón o a Kant. Esto permitió a Schopenhauer acceder a un corpus de pensamiento mucho más rico que el de sus rivales, y contribuyó a hacer de El mundo como voluntad y representación la asombrosa obra que es.

Schopenhauer publicó su obra maestra y esperó a que el mundo le felicitara. No fue así. Las ventas del libro fueron extremadamente lentas. Se trasladó a Berlín para iniciar una carrera como profesor universitario, y fracasó. Al cabo de un tiempo se instaló en Fráncfort, donde vivía solo, salvo por una sucesión de caniches como mascotas, descargaba sus frustraciones discutiendo con sus vecinos, frecuentaba a las trabajadoras del sexo locales y el mejor restaurante de la ciudad, y tocaba la flauta durante una hora todos los días antes de cenar.

El mundo filosófico nunca le prestó la menor atención. Sin embargo, tras el colapso de las revoluciones de 1848-1849, muchos intelectuales antes despistados que habían pasado por experiencias similares a las de Wagner descubrieron de repente que Schopenhauer tenía mucho más sentido que lo que habían estado leyendo. En la década que precedió a su muerte, en 1860, obtuvo por fin la aclamación que había esperado durante tantos años. Desde entonces hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, fue una figura extraordinariamente influyente en todo el espectro de la cultura intelectual occidental; si se conoce a Schopenhauer, se pueden encontrar referencias a su obra en toda la literatura de la época. (Sus huellas están por todas partes en la ficción de H.P. Lovecraft, por ejemplo).

Una de las razones por las que MVR (como llamaremos al libro principal de Schopenhauer a partir de ahora) fue tan influyente es que está escrito en un alemán casi sobrehumanamente claro y legible.  La exposición de Schopenhauer a la prosa francesa e inglesa le había curado de la mayoría de los malos hábitos que hacen que leer a tantos escritores alemanes sea una tarea pesada, y utilizó metáforas vivas y vocabulario ordinario en lugar de los latinismos torturados y la seriedad trabajada que obstaculizan la comprensión de tantos filósofos alemanes. Las traducciones al inglés que he leído nunca lo captan, pero para traducir su prosa a un inglés igualmente vibrante haría falta un escritor tan bueno como Schopenhauer, y este tipo de escritores escasean. No obstante, las traducciones existentes son bastante legibles, mucho más que incluso las mejores traducciones de Hegel, por citar un ejemplo obvio.


H.P. Lovecraft, lector voraz y admirador de Schopenhauer, estaba aún superando su etapa de desorientación cuando un cáncer de estómago lo mató.


Sin embargo, la gran fuerza de 
MVR es su contenido, no su estilo. Como ya se ha señalado, Schopenhauer partió de Kant. He aquí el pasaje inicial del libro:

«'El mundo es mi representación': ésta es una verdad válida con referencia a todo ser viviente y conocedor, aunque sólo el hombre puede serlo en conciencia reflexiva y abstracta. Si realmente lo hace, el discernimiento filosófico ha llegado a él. Entonces se hace claro y cierto para él que no conoce un sol y una tierra, sino sólo un ojo que ve un sol, una mano que siente la tierra; que el mundo que le rodea está ahí sólo como representación, en otras palabras, sólo en referencia a otra cosa, a saber, aquello que representa, y esto es él mismo.»

Con esto, toda la palabrería sobre la intuición intelectual, todas las afirmaciones de que ciertas personas dotadas pueden conocer con certeza la dirección de la historia y el funcionamiento interno del Absoluto, caen al suelo en un montón humeante. Lo que queda es lo siguiente: ¿qué podemos saber de nosotros mismos y del mundo en el que parece que vivimos, dado que todo lo que tenemos es un revoltijo de representaciones de segunda mano?  ¿Cómo debemos vivir?

Schopenhauer comienza examinando nuestra experiencia más de cerca que Kant. ¿Realmente no hay nada que experimentemos directamente, sin que las representaciones se interpongan?  Hay una cosa, y se experimenta en cada momento.


Alcanzar algo que no sea sólo una representación.


Mueve la mano. Ahora vuelve a moverla. Fíjate en que no tienes que decirle: «¡Mano, muévete!». Ni tienes que imaginártela moviéndose, ni inventar ninguna otra forma de representar el movimiento a tu mano. Simplemente la mueves.  La voluntad es lo único con lo que nos encontramos directamente, sin ningún tipo de representación que se interponga. (Podemos crear representaciones de la voluntad -la palabra «voluntad» es un ejemplo-, pero esas representaciones no son lo mismo que el acto de querer).

Así que nuestra propia voluntad es lo único que encontramos que no es sólo una representación. Está bien, dice Schopenhauer. ¿Qué ocurre si suponemos, por el bien del argumento, que esto es cierto para todos y para todo lo demás? ¿Y si tomamos nuestra propia experiencia de la voluntad como nuestro único encuentro con el mundo tal y como es, nuestro único acceso a lo que hay en sí mismo más allá de todas las representaciones?

Lo que ocurre entonces es que el mundo empieza a tener un sentido muy distinto del que Hegel trató de imponerle. En primer lugar, la voluntad no piensa: pensar es el arte de hacer malabarismos con las representaciones.  No siente: sentir es la experiencia de reaccionar a las representaciones.  No recuerda: la memoria es el proceso de comparar las representaciones presentes con las pasadas. La voluntad no hace nada de eso. Simplemente actúa.

En segundo lugar, puede tener éxito en sus actos o fracasar. ¿Cuándo fracasa? Cuando algo (la cosa) interfiere con ella. Si la voluntad es la naturaleza esencial de las cosas, entonces ¿qué puede interferir con la voluntad?  La voluntad. Así que la voluntad puede estar en conflicto consigo misma, y eso significa, a su vez, que la naturaleza esencial de las cosas puede estar en conflicto consigo misma. Puede tropezar con sus propios pies. En otras palabras, por la puerta se van todos esos intentos de definir la naturaleza esencial de la realidad en términos subrepticiamente tomados del dios cristiano. Por la misma puerta se va el intento de Hegel de afirmar que el Absoluto se desarrolla en el tiempo histórico en una dirección maravillosa que él puede predecir.

En tercer lugar, ¿qué ocurre cuando falla la voluntad?  Reacciona ante su fracaso. Te das cuenta de que hay una piedra en el camino cuando te tropiezas con ella.  El «¡Ay!» resultante es la forma básica del acto de conciencia. Sólo vemos las cosas que nuestra vista no puede penetrar; nuestro sentido del tacto sólo puede hablarnos de las cosas que resisten la presión de nuestro cuerpo. Así pues, la voluntad es la forma en que experimentamos lo que realmente existe, y la conciencia -la capacidad de crear representaciones- deriva de ella. Dado que la conciencia es secundaria y producto de un fracaso, nunca podremos conocer el mundo a la perfección.


Algunos conflictos de voluntad producen un “¡Ay!” más fuerte que otros.


En cuarto lugar, puesto que la voluntad sólo puede ser consciente de lo que la frustra, hay algo esencialmente trágico en la existencia. Schopenhauer, siendo la persona que era, enfatizó esto muy poderosamente. Admitía que alguien que no tuviera su visión pesimista podría elevarse por encima de la tragedia de la existencia y afirmar el universo con valor y alegría, pero eso no era algo que él mismo fuera capaz de hacer, y lo admitía. Se ha dicho que toda filosofía es una autobiografía, y eso es cierto en el caso de Schopenhauer; su propia vida, profundamente infeliz, se muestra aquí. Hicieron falta otros -sobre todo el filósofo indio Sri Aurobindo, que se inspiró ampliamente en el pensamiento de Schopenhauer- para abrazar esa posibilidad y señalar que todo el universo es, en cierto sentido, un niño eterno que juega a un juego eterno en un jardín eterno.

En quinto lugar, y crucial, había tres formas de abordar la naturaleza trágica de la existencia. Una es la vía de la afirmación que acabamos de mencionar. La segunda es la vía de la negación, en la que la voluntad se niega a sí misma y entra en la paz: en esencia, la vía del misticismo. Estas dos vías sólo son accesibles para unos pocos. Para muchos, sin embargo, existe una tercera vía, que es el arte. Todas las artes -música, pintura, poesía, danza, escultura, ficción- elevan la conciencia por encima de la voluntad. Cuando miras un cuadro, escuchas música, lees una novela o lo que sea, tu voluntad se aparta por el momento; estás atendiendo a una secuencia de estados conscientes que no tienen nada que ver contigo, tus necesidades, tus deseos o tus miedos. Esto permite que la voluntad descanse y experimente ese bien tan escaso (para Schopenhauer) que es la alegría.

Estas son las ideas que estallaron sobre Richard Wagner como una tormenta en 1854, cuando leyó por primera vez 
MVR. Le hicieron replantearse por completo su concepción del ciclo del Anillo. Una de las razones por las que esta remodelación resulta tan fascinante es que Wagner ya había comenzado a componer la música para la primera ópera, El oro del Rin, a finales de 1853.  Así pues, el proceso de remodelación se desarrolló mientras componía. Esa primera ópera era en gran medida feuerbachiana en su estructura y significado, aunque las ideas de Schopenhauer empezaron a manifestarse en la última de sus cuatro escenas: Alberich, el enano del Nibelungo que en un principio iba a ser un mero villano, alcanza una majestuosidad torturada en la escena en la que Wotan le arrebata el Anillo, elevándose a una estatura moral superior a la del dios, y la música aparentemente triunfal con la que se cierra El oro del Rin está impregnada de amargas ironías y de los primeros presagios de una fatalidad inminente.


Las doncellas del Rin en la primera producción de El oro del Rin, muy feuerbachianas.


La Valquiria y los dos primeros tercios de Sigfrido adquieren gran parte de su complejidad de la continua lucha de Wagner por integrar las ideas de Schopenhauer y llegar, más allá del enfoque de Feuerbach sobre la política y la sociedad, a las dimensiones existenciales y psicológicas más profundas que Schopenhauer había abierto. Entonces se produjo un paréntesis. A Wagner le quedó claro qué iba a pasar con el sueño de un futuro mejor que había obtenido de Feuerbach. Tras considerar seriamente el suicidio, dejó de lado el Anillo y resolvió el asunto de la única manera que podía, componiendo dos óperas más.

No creo que haya óperas en toda la historia del género más diferentes que la tremenda celebración de la vida y el amor que es Los Maestros Cantores de Núremberg y la aún más brillante renuncia a la propia existencia que es Tristán e Isolda. Esa comparación musical de las dos opciones fue lo que Wagner tuvo que hacer antes de poder seguir su visión hasta el final.  Sólo entonces pudo permitir que el Anillo terminara como tenía que terminar; sólo entonces pudo permitir que Sigfrido, el Hombre del Futuro, el héroe feuerbachiano definitivo, se convirtiera en el total fracaso moral y personal que tenía que ser.


El Festspielhaus de Bayreuth, construido para representar las óperas de Wagner, en una postal de 1900. Es de gran ayuda contar con un rey loco que pague las cuentas.


Dejaremos aquí a Wagner, escribiendo las últimas notas triunfales de El crepúsculo de los dioses, para pasar dentro de dos semanas a la primera de las óperas propiamente dichas.  Después de la última de las óperas del Anillo, volveremos a él, y prepararemos el escenario para su último intento de resolver el terrible conflicto en el corazón de su visión creativa: la «quinta ópera del Anillo», Parsifal. Mientras tanto, animo a los lectores que aún no lo hayan hecho a que descarguen aquí los libretos de las dos primeras óperas. La orquesta calienta, los cantantes dan los últimos retoques a su maquillaje y el telón está a punto de levantarse.
 

Thursday, November 14, 2024

EL OLVIDO DE LAS COSAS EN EL ARTE


Byung-Chul Han 

 

A continuación transcribo esta sección del libro 'No-cosas, quiebras del mundo de hoy' de Byung-Chul Han, que contiene un bello poema sobre

LA POESÍA


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Las obras de arte son cosas. Incluso las obras de arte lingüísticas, como los poemas, que no solemos tratar como cosas, tienen carácter de cosa. En una carta a Lou Andreas-Salome, Rilke escribe: "De alguna manera, yo también debo llegar a hacer cosas; no cosas plásticas, escritas; realidades fruto del oficio". El poema, como composición formal de significantes, de signos lingüísticos, es una cosa, porque no puede resolverse en significados. Podemos leer un poema por su significado, pero no fundirnos con él. El poema tiene una dimensión sensual, corpórea, que escapa al sentido, al significado. Es precisamente el exceso de significante lo que condensa el poema en cosa.

Una cosa no es algo que podamos leer. El poema como cosa se resiste a esa lectura que consume el sentido y la emoción como en las historias de detectives o las novelas de argumento nítido. Esa lectura busca descubrir algo. Es pornográfica. Pero el poema rechaza cualquier "satisfacción novelesca", cualquier consumo. La lectura pornográfica se opone a esa lectura erótica que se detiene en el texto como cuerpo, como cosa. Los poemas no son compatibles con nuestra época pornográfica, consumista. A esto se debe el que hoy apenas leamos poesía.

Robert Walser describe el poema como un cuerpo bello, como una cosa corpórea: "En mi opinión, el poema bello tiene que ser como un cuerpo bello que ha de florecer de [...] palabras olvidadizas, casi sin ideas, puestas sobre el papel. Estas palabras forman la piel que se estira alrededor del contenido, es decir, del cuerpo. El arte consiste, no en decir palabras, sino en formar un cuerpo-poema, es decir, en conseguir que las palabras solo sean el medio para formar el cuerpo-poema [...]". Las palabras se plasman "sin ideas", "olvidadizas", en el papel. La escritura se libera así de la intención de dotar a las palabras de un significado unívoco. El poeta se abandona a un proceso casi inconsciente. El poema se teje con significantes liberados de la servidumbre de producir significado. El poeta no tiene ideas. Una ingenuidad mimética lo caracteriza. Se propone formar un cuerpo, una cosa, con las palabras. Las palabras como piel no encierran un significado, sino que se estiran alrededor del cuerpo. La poesía es un acto de amor, un juego erótico con el cuerpo.

El materialismo de Walser consiste en que concibe el poema como cuerpo. La poesía no trabaja en la formación de significados, sino en la de cuerpos. Los significantes no se refieren en primer lugar a un significado, sino que se condensan en un cuerpo bello y misterioso que seduce. La lectura no es una hermenéutica, sino una háptica, un contacto, una caricia. Se acurruca junto a la piel del poema. Disfruta de su cuerpo. El poema como cuerpo, como cosa, tiene una presencia especial que hay que sentir al margen de la representación, a la que se dedica la hermenéutica.

El arte se aleja cada vez más de ese materialismo que concibe la obra de arte como cosa. Más allá del compromiso con el significado, permite un juego despreocupado con los significantes. Ve en el lenguaje un material con el que jugar. Fracis Ponge compartiría sin más el materialismo de Walser: "Desde el momento en que uno considera las palabras (y las expresiones verbales) como un material, es muy agradable ocuparse de ellas. Del mismo modo que puede ser agradable para un pintor ocuparse de los colores y las formas. Lo más placentero es jugar con ellos". El lenguaje es un patio de recreo, un "lugar de esparcimiento". Las palabras no son, ante todo, portadores de significados. Más bien se trata de "extraer de ellas todo el placer posible al margen de su significado". En consecuencia, el arte que se dedica al significado es hostil al placer.

La poética de Ponge se propone dar un lenguaje a las propias cosas en su alteridad, en su independencia, más allá de su utilidad. El lenguaje no tiene aquí la función de designar las cosas, de representarlas. La óptica de la cosa de Ponge más bien reifica las palabras, las acerca al estatus de la cosa. Desde una ingenuidad mimética, refleja la correspondencia secreta entre lenguaje y cosa. El poeta, como en Walser, no tiene en absoluto ideas.

También la voz posee una dimensión cósico-corporal que se manifiesta precisamente en su "grano", en la "voluptuosidad de sus sonidos significantes". Lo cósico de la voz hace que la lengua y las mucosas, su deseo, sean audibles. Forma la piel sensual de la voz. La voz no solo se articula, sino que también se corporeíza. La voz completamente absorta en el significado no tiene cuerpo, ni placer, ni deseo. Al igual que Walser, Barthes habla explícitamente de la piel, del cuerpo del lenguaje: "Algo se muestra en él, manifiesta y testarudamente (es eso lo único que se oye), que está por encima (o por debajo) del sentido de las palabras [...]: algo que es de manera directa el cuerpo del cantor, que en un mismo movimiento trae hasta nuestros oídos desde el fondo de sus cavernas, sus músculos, mucosas y cartílagos [...], como si una misma piel tapizara la carne del interior del ejecutante y la música que canta".

Barthes distingue dos formas de canto. El "geno-canto", dominado por el principio de placer, por el cuerpo, por el deseo, y el "feno-canto", destinado a la comunicación, a la transmisión de significados. En el feno-canto predominan las consonantes, que elaboran el sentido y el significado. El geno-canto, en cambio, utiliza las consonantes "como trampolín de la admirable vocal". Las vocales se acomodan al cuerpo voluptuoso, al deseo. Forman la piel del lenguaje. Ellas son las que nos ponen la piel de gallina. El feno-canto de las consonantes, en cambio, no nos toca.

La obra de arte como cosa no es un mero portador de ideas. No ilustra nada. El proceso de expresión no lo guía ningún concepto claro, sino una fiebre indeterminada, un delirio, una intensidad, un impulso o un deseo inarticulable. En el ensayo La duda de Cézanne, Maurice Merleau-Ponty escribe: "La expresión no puede ser entonces la traducción de un pensamiento ya claro, puesto que los pensamientos claros son aquellos que ya han sido dichos por nosotros mismos o por los demás. La concepción no puede preceder a la ejecución. Antes de la expresión no existe otra cosa que una vaga fiebre [...]". Una obra de arte significa más que todos los significados que pueden extraerse de ella. Paradójicamente, esta sobreabundancia de significado se debe a la renuncia al significado (1). Procede de la sobreabundancia del significante.

Lo problemático del arte actual es que tiende a comunicar una opinión preconcebida, una convicción moral o política, es decir, a transmitir información. La concepción precede a la ejecución. Como resultado, el arte degenera en ilustración. Ninguna fiebre indeterminada (1) anima el proceso de expresión. El arte ya no es un oficio que da a la materia forma de cosa sin intención, sino una obra de pensamiento que comunica una idea prefabricada. El olvido de las cosas se apodera del arte. Este se deja llevar por la comunicación. Se carga de información y discurso. Quiere instruir en vez de seducir.

La información destruye el silencio de la obra de arte como cosa: "Los cuadros originales son silenciosos o inmóviles en un sentido en el que la información nunca lo es". Si miramos un cuadro solo para informarnos de algo, dejamos de sentir su independencia y su magia. Es el exceso de significante lo que hace que la obra de arte parezca mágica y misteriosa (1). El secreto de la obra de arte no es que oculte información que pueda ser revelada. Lo misterioso en ella es el hecho de que los significantes circulen sin que se detengan en un significado, en un sentido. "El secreto. Cualidad seductora, iniciática, de lo que no puede ser dicho [...] y, sin embargo, circula. [...] Esta complicidad no tiene nada que ver con una información oculta. Además, si cualquiera de los implicados quisiera levantar el secreto no podría, pues no hay nada que decir... Todo lo que puede ser revelado queda al margen del secreto. [...] es el inverso de la comunicación y, sin embargo, se comparte."

El régimen de información y comunicación no es compatible con el secreto. Este es un antagonista de la información. Es un murmullo del lenguaje, pero que no tiene nada que decir. En el arte es esencial la "seducción subyacente al discurso, invisible, de signo en signo, circulación secreta". La seducción discurre por debajo del sentido, fuera de toda hermenéutica. Es más rápida, más ágil que el sentido y el significado.

La obra de arte tiene dos capas, la orientada a la representación y la que se aparta de esta. Podemos llamar a la primera feno-capa, y, a la segunda, geno-capa de la obra de arte. El arte cargado de discurso, moralizante o politizante, no tiene una geno-capa. Hay en él opiniones (2), pero no deseo. La geno-capa como lugar de misterio dota a la obra de arte de un aura de COSA al rechazar cualquier atribución de significado. La COSA (3) se impone porque no informa. Es el reverso, el patio trasero misterioso, el "sutil fuera de campo" (hors-champ subtil) de la obra de arte, su inconsciente. Se opone al desencantamiento de arte.


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Notas:

(1) ¿No recuerda esto a la claridad emergiendo de la turbiedad en los sistemas cuánticos entrelazados? ¿Al potencial detrás de la indeterminación cuántica?

(2) La opinión viene de un deseo ya satisfecho, consumado, de una apropiación del ego.

(3) Relacionándolo con el holomovimiento de Bohm, "la cosa" sería "lo desplegado", que tiene valor en cuanto a "lo plegado" que oculta. El secreto nunca se revela, pero a través de las cosas, circula. Y el secreto, conecta a las cosas. Las cosas encierran un secreto tras de sí que les permite conectarse (1), y al hacerlo nos ofrecen un espectáculo (holomovimiento) cuya magia no revelada queda entre bastidores.


Tuesday, June 11, 2024

La historia de la transición energética se ha convertido en contraproducente

 

Necesitamos otro tipo de transformación más que nunca...


 A place and time for magical thinking. Photo by Dollar Gill on Unsplash

 

A continuación la traducción del texto original de The Honest Sorcerer, conocido por el alias B, espero que lo disfruten tanto como yo ...

 

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Todavía existe la creencia generalizada de que es posible alejarse de los combustibles fósiles, un mito que se contradice con un cuerpo de evidencia cada vez mayor. No es que el modelo anterior, basado en el carbón, el petróleo y el gas, fuera incluso un poco más sostenible: estamos hablando de recursos finitos después de todo. Sin embargo, la transición energética fue algo mucho más fácil de vender, que admitir que hemos llegado al final del crecimiento, y que un largo camino sinuoso de vuelta a una vida mucho más simple es lo que espera. Mientras tanto, la verdadera crisis (cambio climático), ha demostrado ser un tema mucho más complejo de "manejar" que tan sólo apagando algunas centrales eléctricas de carbón, y deseando que el unicornio mágico de la economía del Hidrógeno se materialice... ¿Cómo se torció todo? ¿Qué tipo de transición es posible entonces?

 

Comencemos primero haciendo una declaración simple: nunca ha habido una transición energética en la historia de la humanidad. Ni en el siglo XIX, cuando el carbón entró en escena, ni en el XX con la llegada de la energía nuclear, ni en el XXI, con la adopción generalizada de la energía eólica y solar. Como el término implica, habría requerido que abandonáramos una fuente de energía viable en favor de otra, reduciendo la antigua en beneficio de la nueva. Eso habría significado dejar vastas reservas de la antigua fuente de energía, sin explotar. Eso nunca ha sucedido, y nunca sucederá, por una sencilla razón: el Principio de Máxima Potencia (PMP).

El PMP postula que los sistemas complejos (como la economía humana) tienden a evolucionar de manera que maximicen su consumo o rendimiento de energía. Lo que significa que mientras exista una fuente de energía viable, no dejaremos de usarla: primero tiene que agotarse o, de lo contrario, dejar de estar disponible para nosotros. (Y como muestra la historia de las conferencias sobre el clima, ese parece ser el caso de los combustibles fósiles). En pocas palabras: no, no existe algo llamado “transición energética”, sino sólo una adición a la combinación existente.

 

 

Global primary energy consumption by source from Our World in Data. As you can see coal has not displaced traditional biomass (like wood), just like nuclear, natural gas, or “renewables” has not replaced coal.

 

La segunda cosa que es necesario señalar aquí es que la eficiencia energética no es una solución por dos razones. En primer lugar, también viola el principio de máxima potencia y, por lo tanto, coloca a la entidad que reduce su consumo total de energía en una desventaja importante; permitiendo efectivamente que otras entidades la superen. Dado que vivimos en un entorno competitivo, donde los débiles son devorados/ocupados/robados/colonizados/etc., no se puede permitir que esto suceda. Como resultado, la energía ahorrada mediante medidas de eficiencia siempre se utilizará de otras maneras (normalmente aumentando la producción económica). Y si bien podríamos debatir cómo esto es malo desde un punto de vista moral, así es el mundo en el que vivimos. Solo eche un vistazo al cuadro a continuación:

 

Energy use per person. There are no low energy — high income countries. You either produce your own energy or scoop up others’. Countries with a high energy consumption tend to dominate the less fortunate, showing how the Maximum Power Principle works in geopolitics.

 

La otra razón por la que la eficiencia energética no puede salvar la situación (ni siquiera en un entorno cooperativo benigno) es la paradoja de Jevons, propuesta por el economista inglés William Stanley Jevons en 1865. El fenómeno que lleva su nombre se produce cuando el progreso tecnológico aumenta la eficiencia con la que se utiliza un recurso (como el carbón), pero la caída del costo de uso induce aumentos en la demanda. Del mismo modo, si se abandonara el uso del carbón en favor de las “renovables”, lo único que se lograría sería abaratar mucho el carbón en otros lugares y, por tanto, aumentar su uso. Lo mismo ocurre con la gasolina (frente a los coches eléctricos) o cualquier otra forma de ahorro energético. A menos que una fuente de energía se prohíba físicamente en todo el mundo, o se vuelva menos disponible debido al agotamiento, no se puede esperar que su consumo disminuya, sin importar cuán perjudicial resulte ser su uso a largo plazo.

Ahora, con estos dos factores en mente, eche un vistazo al primer gráfico de arriba. ¿Ha notado el estancamiento (o la disminución) de los combustibles fósiles: primero el carbón, luego el petróleo y, últimamente, el gas natural? ¿Hubo alguna prohibición sobre su uso a nivel mundial? ¿No? ¿Entonces por qué dejaron de crecer? ¿Debido a la transición energética, que nunca fue, o quizás debido a medidas de eficiencia energética [sic]? ¿O tal vez porque hemos llegado a límites estrictos para su extracción? Tómate un minuto para reflexionar sobre eso.

Aun así, ¿es técnicamente posible prescindir de los combustibles fósiles, sin importar por qué se están quedando atrás? De todos modos, estas son formas de energía altamente contaminantes, ¡así que adiós! Basta con echar un vistazo a este titular reciente, que afirma que los combustibles fósiles cayeron al mínimo histórico del 2,4% de la generación de electricidad británica. ¡Esa es la respuesta!" - No tan rapido. Primero, eche un vistazo a este cuadro del artículo anterior:
 
 
 
Share of GB electricity from fossil fuels in each half-hour period, %, 2009–2024 to date. Source: National Grid Electricity System Operator. Chart by Carbon Brief.
 
 

Lo que ves arriba no es el patrón de ondas cerebrales de un ingeniero de redes eléctricas que experimenta una pesadilla, sino algo bastante parecido. Lo que el gráfico ilustra más que mil palabras es lo volátil que es la energía “renovable”. (Nota: el gráfico muestra períodos de media hora: con una participación del 2,4 % de los combustibles fósiles en la generación de electricidad, digamos a las 12:30, y luego del 75 % a la 13:00). Esto es tremendo: esos altibajos significan encender y apagar la producción de electricidad de todo un país a un ritmo increiblemente impredecible. Por lo tanto, los apagones aleatorios generalizados e imprevisibles sólo pueden evitarse extendiendo esta volatilidad por todo el continente europeo Y añadiendo un respaldo capaz de producir hasta el 90% de la demanda en un instante.
 
Esta es la razón por la que la creciente adopción de la energía solar está creando desafíos para la red energética de Estados Unidos, una afirmación que a menudo se rechaza al pronunciar la frase mágica: “redes inteligentes”. Si bien ningún periodista se esfuerza mucho en explicar lo que esto significa realmente, como alguien que trabaja en el campo de la electrificación sólo puedo decir una cosa: las redes inteligentes implican un mayor uso de cobre y aluminio de lo que puedas imaginar. La construcción de transformadores de alto voltaje, aparamenta, inversores, convertidores, líneas eléctricas y la lista continúa -sin mencionar el agregado de una cantidad considerable de almacenamiento en baterías-, resulta en un aumento masivo en el uso de materias primas.
 
Ahora, el suministro de cobre -un metal esencial para la "transición"- ya enfrenta serios desafíos, a medida que las minas más antiguas se agotan y no hay nuevos proyectos mineros en carpeta. Sin embargo, a medida que los ricos yacimientos se agotan, las empresas mineras se ven obligadas a avanzar con minerales de ley cada vez más baja (que contienen cada vez menos cobre por tonelada). Como resultado, es necesario palear y transportar cada vez más rocas para obtener la misma cantidad de metal, lo que conduce no sólo a un aumento significativo de los costos, sino también a un mayor consumo de combustible.
 
Por otro lado, la demanda de cobre, desde la inteligencia artificial hasta los vehículos eléctricos, las actualizaciones de la red, las baterías y las “renovables”, sigue aumentando y se prevé que crezca aún más. Y si bien el reciclaje podría aliviar un poco el dolor, estamos hablando de construir un montón de nueva infraestructura que requiere todos los materiales nuevos, mucho más de lo que el reciclaje de cosas viejas podría brindarnos. (E incluso si eventualmente reciclamos, significa que aún perderíamos el 10% del material en cada ronda, lo que llevaría a un rápido agotamiento de los materiales que se reciclarán solo después de unos pocos ciclos). 
 
Quizás no hace falta decir que cuantas más “renovables” conectemos a la red, más baterías, equipos inteligentes, cables de alto voltaje y el resto se necesitarán para acomodarlos. Por eso, como escribí hace más de un año, las “renovables” también son propensas a tener rendimientos decrecientes. Más allá de cierto nivel de penetración (y muy por debajo del 100%), agregar más “renovables” se vuelve prohibitivamente costoso y eventualmente se detiene. Simplemente eche un vistazo nuevamente al cuadro de pesadillas de los ingenieros de redes eléctricas que aparece arriba.
 
Y dado que los paneles solares y las turbinas eólicas también utilizan cobre, aluminio y una variedad de otros metales, toda la “transición” se volverá no financiable a medida que la demanda de estos materiales eventualmente supere la oferta y los precios se disparen. En este punto, asumir más deuda o imprimir más dinero simplemente deja de ser efectivo: lo único que logrará es un repunte masivo de los precios de las materias primas que terminará en una quiebra para la “industria verde”. ¿Es de extrañar entonces que las inversiones en la red estén retrasadas respecto de las adiciones de energías renovables y que la falta de capacidad de transmisión pueda frenar la “transición energética” incluso en Europa…?
 
La “transición energética” a escala global es un espejismo, un lago en el desierto del que nunca podrás beber.

 
Sólo para mostrar que no estoy hablando de hipótesis, aquí hay algunas citas y titulares recientes de los medios. (Y nuevamente, si algo de esto es cierto, entonces realmente no importa cuánta más capacidad “renovable” se agregó el año pasado; ya que las adiciones adicionales serán cada vez más limitadas a medida que la demanda supere a la oferta y las redes eléctricas se vuelvan cada vez más incapaces de acomodar fuentes más dependientes del clima.)
"El auge de la IA podría provocar una escasez de cobre" 
 
"Si nos fijamos en la demanda que proviene de los centros de datos y en relación con la de la IA, ese crecimiento se ha disparado repentinamente", dijo Rahim. ''Ese millón de toneladas se suma a lo que tenemos como déficit de 4 a 5 millones de toneladas para 2030. Eso no es algo que nadie haya tenido en cuenta en muchos de estos equilibrios de oferta y demanda”. 
 
El cobre ya es escaso. Nadie está construyendo minas nuevas... También es menos costoso adquirir minas de cobre activas que desarrollar una nueva”. 
 
“Panamá ha anunciado el cierre de una controvertida mina de cobre después de que la Corte Suprema dictaminara que una concesión de 20 años otorgada a una empresa canadiense para operarla era inconstitucional”. 
 
"Las fundiciones chinas han estado luchando por asegurar el suministro de materias primas como resultado de las interrupciones en las minas, que han paralizado su suministro interno". 
 
“Desde una perspectiva a largo plazo, las preocupaciones sobre la oferta siguen siendo válidas. Las interrupciones y cierres de minas, combinados con leyes de mineral cada vez más bajas de las minas en operación, ya se han traducido en una caída en picado de los costos de tratamiento y refinación. Si bien es probable que los precios más altos del cobre desencadenen el desarrollo de nuevas minas, se necesitan un promedio de 16 a 17 años desde el descubrimiento hasta la producción”. 
 
Mantenerse en una vía neta cero para 2030 requerirá 12,8 millones de toneladas de suministros adicionales de cobre durante los próximos cinco años y medio, según cálculos recientes de BloombergNEF. En comparación, el año pasado sólo se produjeron unos 27 millones de toneladas. Lograr emisiones netas de carbono cero para 2050 requerirá un enorme aumento del 460% en la producción de cobre, lo que requerirá que se pongan en funcionamiento 194 nuevas minas a gran escala durante los próximos 32 años. Según el informe del Foro Internacional de Energía, en un escenario sin cambios, para entonces solo se habrán añadido 35. Por lo tanto, alcanzar los objetivos de cero emisiones netas requerirá un salto desde la línea de base nunca antes visto en la historia de la humanidad”.
 

Ahora agreguemos el hecho de que todavía estamos extrayendo mineral de cobre con camiones y excavadoras que funcionan con diésel, y fundimos el metal usando gas natural o carbón... Con una demanda de cobre que ya está aumentando, ¿cuál es la posibilidad de electrificar la minería? Una medida así canibalizaría la producción misma que generan, dejando aún menos para la tan cacareada “transición”. Como explica Irina Slav: 
 
“En teoría, la electrificación de todo tipo de medios de transporte y maquinaria parece muy factible, incluso a veces fácil. Todo lo que necesita es una gran cantidad de paquetes de baterías que pueda reemplazar en la maquinaria cuando se agoten, pero aún necesita usar la maquinaria. 
 
La práctica, sin embargo, es bastante diferente. Por su propia definición, la maquinaria pesada pesa bastante y el peso agota cualquier batería, razón por la cual la fabricación de vehículos eléctricos de pasajeros pasa por un estudio en materiales livianos. Un mayor peso significa tiempos de descarga más rápidos, lo que a su vez significa cambios de batería más frecuentes, lo que a su vez significa mayores costos generales. Y se suponía que la transición sería más barata que la alternativa”.
 
Odio ser portador de malas noticias, pero la “transición energética” –que nunca lo fue– depende enteramente de la disponibilidad de combustibles fósiles. Y a falta de un milagro energético, seguirá haciéndolo. Construir y mantener (equilibrar la carga) una “red inteligente” requiere no sólo cobre sino también carbón, petróleo y gas natural, incluso cuando estos recursos alcanzan su punto máximo. Dado lo cerca que estamos de la energía neta máxima que podemos obtener de estos combustibles en un agregado global, las posibilidades de abandonar los combustibles fósiles son cada día más escasas.
 
Y ni siquiera hemos mencionado los altos costos de descarbonizar la producción de acero o producir fertilizantes sin combustibles fósiles. Las “renovables” sólo abordan la generación de electricidad, al menos en el papel. El principal problema es que la proporción de electricidad en nuestro consumo de energía final es de alrededor del 20%, y el 80% restante de nuestro uso de energía todavía proviene de combustibles fósiles. (Y como hemos visto, tampoco toda la electricidad puede generarse mediante energías renovables, por lo que se pueden agregar algunos puntos porcentuales más a eso).  
 
Las personas que no trabajan en la industria tienden a subestimar la cantidad de calor (más de 1000 °C o 1832 °F) que se requiere para la fundición de metales, la fabricación de cemento y otros procesos de fabricación (como fundir y dar forma al vidrio). Sin mencionar el hecho de que muchos de estos procesos utilizan activamente los átomos de carbono que se encuentran en los combustibles fósiles (para fabricar acero o refinar cobre, por ejemplo). Entonces, incluso si pudiéramos utilizar toda la electricidad generada en este planeta para producir hidrógeno (utilizando un método sin pérdidas aún por inventar con una relación de conversión de energía de 1:1), solo podríamos cubrir una cuarta parte de la demanda de energía de las industrias pesadas, minería, transporte de larga distancia, etc., necesarios para fabricar y enviar todos esos paneles brillantes, autos eléctricos, dispositivos y el resto... Y luego estaríamos sentados en la oscuridad, sin poder cargar nuestros teléfonos. 
 
El verdadero cuello de botella para la economía mundial, y paradójicamente para la propia “transición energética”, es la disponibilidad de combustibles fósiles de bajo costo. A medida que su extracción continúa requiriendo cada vez más energía (perforar pozos cada vez más profundos, cada vez con mayor frecuencia, extraer petróleo cada vez más pesado a un costo energético cada vez mayor), pronto llegaremos al punto en el que necesitaremos cualquier otra fuente de energía sólo para mantener la producción de petróleo, esencial para todo lo que hacemos como civilización. Visto desde esta perspectiva, una creciente inversión solar en Medio Oriente, provocada por una población en crecimiento y una creciente demanda de energía, es en realidad una señal de que ese mismo canibalismo energético nos afecta cada vez más fuerte.
 
Y por último unas palabras sobre el cambio climático. A medida que las naciones industrializadas de todo el mundo limpian la contaminación del aire causada por combustibles fósiles eliminando el azufre del humo y los combustibles, también disminuyen la cantidad de aerosoles que protegen de la luz solar. Sin embargo, con menos aerosoles, hay menos nubes bajas y menos reflejo de la radiación solar entrante; conduciendo directamente a un calentamiento aún mayor. Este efecto de enmascaramiento también es mucho más fuerte de lo que esperaba la ciencia convencional (IPCC), de lo que se infiere que hay incluso más calentamiento en camino de lo que se pensaba anteriormente... Entonces, ¿cómo nos ayuda esta “transición energética” a luchar contra el cambio climático?
 
 
Another vision of the future in line with geophysical realities. Photo by Anthony DELANOIX on Unsplash
 
 
La cantidad de arrogancia destilada en la botella etiquetada “transición energética” es más que suficiente para matar un planeta. Tal pensamiento supone un control humano ilimitado sobre este orbe azul pálido, junto con su clima, recursos y ecosistemas. Supone una cantidad infinita de minerales (cobre, litio, cobalto, silicio, aluminio, etc.) disponibles para el uso humano, mientras ignora por completo la cantidad exponencialmente creciente de energía necesaria para acceder a reservas cada vez más pobres de estos recursos que se agotan rápidamente... Todo esto lleva a un costo ambiental igualmente creciente (destrucción).
 
Después de todo esto, resulta curioso que las mismas fuentes de energía necesarias para construir, reciclar y luego equilibrar la carga de “renovables” sean las que intentan reemplazar. A pesar de todos los gestos, todavía no hay fuentes de energía viables, escalables y verdaderamente renovables esperando entre bastidores. Todo lo que hacemos, desde la minería hasta la agricultura, desde la hidroeléctrica hasta la nuclear –y “soluciones” como la gestión de la radiación solar– sigue dependiendo totalmente de la disponibilidad de combustibles fósiles densos, asequibles y abundantes.
 
Es hora de que crezcamos y dejemos de lado nuestros sueños infantiles de que la tecnología y el progreso salven a nuestras lamentables sociedades. Necesitamos una transición psicológica a la edad adulta, no una transición material al olvido.
 
 
A medida que el enorme excedente de energía proporcionado por el carbono antiguo se desvanece lentamente en la memoria, tendremos que arreglárnoslas cada vez más sin tanta tecnología. Al mismo tiempo, también debemos afrontar las consecuencias de liberar tanto carbono y otros contaminantes a la atmósfera, y adaptarnos a nuestro entorno que cambia rápidamente, o abandonar lugares donde la vida humana ya no es posible. En lugar de invertir en intentos inútiles de reemplazar lo irreemplazable, o intentar volver a meter al Genio en la botella, deberíamos construir una sociedad alternativa, resiliente, local, de baja tecnología y baja energía; restaurar ecosistemas y encontrar un nuevo acuerdo de vida con el mundo natural a medida que avanzamos.
 
Ahora que nuestra población también está alcanzando su punto máximo y disminuyendo debido a la caída de las tasas de natalidad, ¿utilizaremos este ligero respiro para hacer realidad una forma de vida tan “ecotécnica”, verdaderamente renovable y regenerativa? ¿O redoblaremos nuestra apuesta por una tecnoutopía verde que viola todas las leyes de la termodinámica y todo lo que sabemos sobre cómo funcionan los sistemas complejos...? Seamos realistas: esta civilización insostenible no tiene reparación. Necesita cuidados paliativos antes de que descanse, no otro día con soporte vital impulsado por magia verde y cuentos de hadas sobre una “transición energética”, que nunca sucedió.
 
Hasta la proxima vez,
 
B