Friday, August 14, 2026

EL DOGMA DE LA RESURRECCIÓN ES CONTRAPRODUCENTE PARA LA FE

 

Imagen de Cristo en escena inicial de Los odiosos 8, de Tarantino.

 

Dicen que:

"es la creencia central del cristianismo que afirma que Jesucristo resucitó al tercer día tras su crucifixión, y que al final de los tiempos todos los seres humanos resucitarán con sus cuerpos unidos de nuevo a sus almas para recibir la vida eterna"


Pero... el apego a este milagro, poniéndolo en semejante pedestal de importancia, así como el apego a cualquier otro milagro que Cristo pudiera realizar, o incluso el apego a los milagros que otros seres humanos (Cristo lo fue) pudieran realizar, no es más que una expresión de nuestra necesidad de traer a Dios al plano material. No sabemos creer en Él si no obtenemos una prueba material de su existencia. Pero la verdadera Fe es la que se desarrolla desde la base de una completa inaccesibilidad material a Dios. La verdadera Fe, como dice Simone Weil, es una espera sin expectativa, un deseo sin deseo:

"Si es nutrido por la imaginación (esta facultad central del yo) nuestro deseo es necesariamente limitado, y solo la desaparición del yo le restaurará su vocación original ilimitada e infinita. Una vez que “la espada de la obediencia” haya cortado nuestra orientación hacia el mundo de los objetos particulares, nuestro deseo será liberado de toda limitación subjetiva y se convertirá en “deseo sin anhelo” [souhait]. Este deseo sin deseo es un estado de pura contemplación, espera sin expectativa, acción no actuante (action non-agissante). Energía pura, similar a la energía vegetal, que se opone a la gravedad y permite a la planta trepar hacia la fuente de la luz."


Es el yo el que quiere salvarse materialmente. Tenemos ego para sobrevivir en el mundo material. Y es ese ego, necesario para vivir, el que pide una prueba material de la existencia de Dios para salvarse materialmente... "resucitarán con sus cuerpos unidos de nuevo a sus almas para recibir la vida eterna"... pero la salvación que Cristo nos ofrece con su crucifixión no es material, sino espiritual. Cristo desaparece en la cruz, completamente abandonado por Dios. Dios le es inaccesible, y es entonces cuando desaparece su ego y su sacrificio puede ser un acto creativo puro, porque la transformación total de uno en algo nuevo como acto creativo implica una entrega total en el sentido de una claudicación completa del yo.

Cristo nos da ejemplo con su sacrificio por amor. Y nos salva porque al hacerlo ha plantado una semilla que ha ido creciendo en nuestras almas desde entonces. Pero la salvación en cada uno solo puede completarse si asumimos y practicamos la verdadera doctrina de Cristo en nuestras vidas: el sacrificio del yo como acto de amor puro incondicional, eso es la salvación espiritual.

En los evangelios se sugiere constantemente que Cristo hablaba de sí mismo, que se daba importancia diciendo que era el hijo de Dios, nada menos... no digo que no lo hiciera, lo que digo es que esto es circunstancial, no es "el mensaje". Esas palabras que hablan por Cristo en los evangelios, inflando su propio ego, solo son un reflejo de la necesidad de inflarse el ego de aquellos que escribieron los evangelios. Cristo no podía creerse de verdad importante, porque esto es contraproducente para la entrega amorosa a los demás. La caridad no se pavonea... Cristo no iba alardeando por ahí de que había venido a salvarnos... los verdaderos profetas no hablan mucho de sí mismos, son, ellos mismos. Cristo interpretaba "su personaje" porque era un ser humano, todos tenemos un personaje que interpretar en el teatro de la vida, pero en el fondo de su alma, su amor incondicional nacía de la desaparición de su yo.

Por supuesto que Cristo existió, y fue un ser divino cuyo ejemplo vital y sacrificio final sentaron las bases para una evolución espiritual verdadera de la humanidad, es decir, para nuestra salvación. Pero salvación espiritual, no material.

La salvación supone dejar que Dios vea el mundo a través nuestro por un instante, retirarnos para que Él pueda "ver" y unirse a su obra. Dios no hace el mundo a voluntad. La voluntad es una cualidad humana, animal, material. Dios no puede evitar sostener (crear) el mundo en cada instante. No puede evitar descrear su divinidad inmóvil para que cada instante sea creado, suceda, se mueva y dé lugar al siguiente instante. Literalmente, el universo es una sinfonía de vibraciones. Campos vibrantes alimentados por la energía de Dios vaciándose. Dios está fuera del tiempo, pero no puede evitar consumirse en movimiento (tiempo). Sin tiempo no hay ojos que puedan ver, por eso Dios solo se ve a través de nuestros ojos. Tenemos el gran honor de ser sus ojos, y semejante honor requiere un agradecimiento al mismo nivel.

El mundo lo hace Dios en cada instante [ver Nota]. Es la palabra de Dios lo que impulsa al mundo. El universo se está creando todo el tiempo. La creencia de que el mundo fue hecho en un momento dado del pasado, viene de pensar que Dios está en el tiempo, que Dios se cree alguien y decide a voluntad crearnos. Nada de eso. El universo no es un proceso inercial resultado de un impulso energético inicial. El Big Bang inicial y, tras él, la evolución hace el resto hasta llegar a la conciencia. El universo se desarrolla sin propósito y, por azar, aparece el ser humano que, gracias a su conciencia, descubre que el único sentido reside en progresar materialmente hasta el infinito y más allá. Nada de eso. La evolución no da lugar a nada, es solo la consecuencia, no la causa. La gravedad no tira de nosotros, solo seguimos geodésicas (caminos más cortos) en el espacio/tiempo.

Lo que impulsa la evolución es una inyección constante de energía divina, de conciencia divina, que da lugar a la "conciencia de sí", que es la nuestra. La conciencia divina no es consciente de sí misma. La conciencia de uno mismo o "conciencia de sí" es una cualidad material. Un refinamiento material que muchos animales poseen, y no es otra cosa que un microcosmos de un Cosmos mucho más amplio que se desarrolla fractalmente. No es producto del azar. No hubo un pulso energético inicial proyectado sobre una caja de resonancia que por casualidad reunió las condiciones necesarias para que esa energía se propagara dentro de ella de forma ordenada.

La ciencia actual cree que esas cajas de resonancia emergen de la nada en una especie de olla de cocción de universos, y que por casualidad, algunas logran emerger con características que permiten a la energía prosperar. No tienen claro de dónde viene la energía. No me extraña, si no meten a Dios en la ecuación. Algunos dicen que la energía viene del choque de unas cajas con otras... Pero no tiene ningún sentido. Todo ese proceso que ha de ocurrir en la olla de cocción, ha de ser un proceso al fin y al cabo, y como la palabra indica, los procesos están en el tiempo. Pero también dicen que antes del Big Bang no había espacio/tiempo. ¿Y quién creó la olla de cocción? ¿Se creó desde otra olla que también estaba en su propio tiempo? Muñecas rusas... no tiene ningún sentido. El Creador está fuera del tiempo, y toda su creación es atemporal, aunque deba moverse en el tiempo [ver Nota].

Entonces, si el dogma de la resurrección no ha de ser la creencia central del cristianismo, ¿cuál podría ser?

Podría ser lo que encontramos en estos fragmentos del Sermón de la Montaña. Mateo 5:

"Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen.

Al que te abofetee en la mejilla ofrécele también la otra. Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica dale también el manto.

A quien te pida, da, y al que pida prestado, no le reclames el dinero.

Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué más queréis?

No juzguéis y no seréis juzgados.

¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? Saca primero la viga de tu ojo.

No amaséis tesoros en la tierra. Los destruirán las polillas y la herrumbre, los robarán los ladrones. Mejor es amasarlos en el cielo. Allí donde está vuestro tesoro, allí está también tu corazón.

Me preguntáis cuándo llegará el Reino de Dios. No se puede tocar, no se puede decir: ¡está aquí! ¡Está allá! Está entre vosotros. Está en vosotros. Para entrar en él hay que pasar por la puerta estrecha.

Los últimos serán los primeros, los primeros serán los últimos. El que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado.
"

 


La doctrina de no responder al mal con violencia no significa que debamos dejarnos masacrar por cualquier fiera que nos ataque, más bien, que debemos observar la energía de la fiera, entenderla, dilucidar si realmente se trata de un ataque real... aprender que nuestra energía y la de la fiera tienen un fondo común y que ambas pueden llegar a armonizarse. El que observa sin miedo y pone a disposición de la sinfonía colectiva su vibración, puede hacer que el ruido de la violencia se torne música. La música amansa a las fieras. Obviamente, no se trata de ceder sin más a la violencia. Unas veces tendremos que claudicar humildemente en la disputa: dos no discuten si uno no quiere. Otras veces habrá que bailar, o negociar, desde la empatía, desde la escucha. Sin entender la vibración del otro no podemos poner la nuestra a resonar con la suya y construir música juntos.

La venganza, la ira, el miedo, la soberbia, todos instintos para proteger nuestra comodidad y seguridad en el corto plazo. Pero nuestro excesivo apego animal actual a todo ello, nos está conduciendo a la destrucción total de esa seguridad y comodidad en el medio y largo plazos.



*        *       *


                                    
Nota:


El mundo lo hace Dios en cada instante, y no solo eso. Dios hace todos los instantes al mismo tiempo, porque Él está fuera del tiempo. Recurriendo al icono circular que Wolfgang Smith usa para explicar su universo cíclico, cada punto de la circunferencia representa un instante del universo corpóreo que se crea como proyección del centro divino a través del radio de la circunferencia. Pero la circunferencia entera tiene que moverse para constatar su invarianza rotacional. Un microcosmos de esto es nuestra propia visión: los ojos no paran de moverse para captar invariantes, orden. El universo no para de moverse para captar su propia invarianza. Todos los puntos de la circunferencia (instantes) se mueven al mismo tiempo, se crean al mismo tiempo. Esto tiene consecuencias espeluznantes o maravillosas según se mire: cada uno de nosotros cuando muere, también está naciendo. Los primeros pasos de tu hijo, tu primer beso... cada instante de nuestra vida sigue reproduciéndose hasta el infinito. Siempre lo hizo.

Friday, February 6, 2026

¿POR QUÉ DIOS?

 

Luna

 

En esta entrega seguimos con las reflexiones suscitadas por la mente brillante de Simone Weil descrita no menos brillantemente por Byung-Chul Han en su libro "Sobre Dios. Pensar con Simone Weil".

 

*    *    * 


Hoy me ha llegado un correo de un grupo de autoayuda sobre la invitación al ayuno:

 

Estaba muy contento con cómo iba su experiencia ...

tú también puedes ...

sé que se trata de disfrutarlo, de jugar ...

 

Pero, el ayuno no ha de servir para nada. No ha de ser divertido ni ha de servir para curarse el cáncer o para salvarse. Su único para ha de ser eliminar el para. Es decir, el objetivo es afrontar el Silencio, derrotar al ego.

Pero con mi crítica al grupo de autoayuda estoy cayendo una vez más en la paradoja en la que cae constantemente todo aspirante al crecimiento espiritual. Esa pulsión suicida del ego que busca acabar consigo mismo. Es decir, ¿quién quiere silenciar al ego? El ego. Pero quiere hacerlo porque así cree que eliminará o paliará su sufrimiento, que se entrenará estoicamente para hacerse fuerte y soportar traumas o privaciones venideras.

El ego busca anularse para hacerse fuerte. Por eso, toda práctica espiritual está en principio abocada a seguir inflamando el ego.

La única manera de resolver esta paradoja es incluyendo a Dios en nuestro marco espiritual y entregarse a Él. Da igual si es el Dios cristiano o el musulmán, pero ha de ser un Dios de Amor, ya que la única manera de vaciarse de verdad y acabar con el ego es mediante un acto de desprendimiento total y entrega obediente por amor a un ser supremo que sea un ser de amor, porque solo el amor responde al amor.

La única forma de dejar de existir como ego, y por tanto, de encontrar la paz experimentando el instante, es dejando existir a Dios. Es en el hueco vacío que deja el ego al retirarse donde Dios puede respirar, y es dejando que Dios respire y perciba el mundo a través nuestro (ser es percibir) como nuestro ego consigue retirarse.

Se podría objetar que también podríamos amar a cada uno de los seres con los que nos cruzamos, como medio de entrega y descreación del ego, sin necesidad de fabricar a Dios, pero no es suficiente, ya que la descreación del ego requiere una entrega amorosa infinita, y esta solo puede ser suscitada por un ser infinitamente amoroso.

Solo una fuente de amor infinita puede activar por resonancia un amor infinito en un receptor.

Solo creyendo en un Dios al que se le pueda rendir obediencia y entrega absolutas es posible trascender el ego y superar la paradoja de querer eliminar el ego para solo conseguir seguir inflamándolo. Solo el amor a Dios nos puede sacar del interés propio. Me quedo sin nada por amor a un Ser completamente distante (indisponible) y externo a mí (al ego). Esa distancia absoluta, esa total indisponibilidad de Dios, da cuenta del arrinconamiento definitivo del ego, ya que, si cupiera cualquier cercanía con Dios, esta sería en relación al ego.

Solo desapareciendo por medio del amor podemos lograr "dejar de ser", para que así el SER pueda ser.

Pero es esa distancia infinita la que al permitir la disolución del ego se torna cercanía con el SER y vivencia del instante. Se torna cercanía porque al vaciarnos permitimos que el SER nos atraviese para contemplar su obra. El instante se hace eterno porque solo puede verlo el SER eterno.

Por supuesto, para poder entregarse a Dios, antes lo tiene que crear nuestra imaginación. Como Dios nos es inaccesible por definición mientras somos ego, solo podemos imaginarlo. La imaginación colmadora de vacíos, la misma que debemos desactivar para acercarnos a Dios, es la que debe en este caso colmar el vacío que supone no poder acceder a Él. Pero asumir esta contradicción tendrá el efecto posterior de experimentar la rendición total por amor puro hacia Dios, necesario para desmontar de verdad nuestro ego y acceder al instante.

Pensemos en Dios como una vibración de fondo infinitamente amorosa y ubicua que sostiene la realidad en cada instante desde fuera del tiempo. Es irrelevante si es Dios o Diosa, su género o cualquier cualidad humana que no podamos evitar atribuirle son irrelevantes. Si le atribuimos inteligencia, solo tenemos la nuestra como referente para hacerlo, pero nuestra inteligencia y consciencia son solo un tenue e insignificante resplandor de su Conciencia.

El cosmos entero es un procesador de información infinita. Un motor que sostiene la creación y que funciona sin funcionar porque lo hace desde fuera del tiempo. No tenemos ni la menor idea de cómo piensa Dios como cosmos generador, pero es un proceso atemporal inimaginable para nosotros que no entendemos los procesos sin tiempo. Es una inteligencia infinitamente más compleja y amorosa de lo que puede aspirar a ofrecer cualquier mente humana. En nuestra limitante embriaguez egoica, tendemos a pensar que el cosmos no piensa o no se mueve por amor porque esos son atributos humanos y sería muy ingenuo atribuirlos al cosmos como ente. Pero sí lo hace, con una inteligencia y amor infinitos que hacen que todo exista.

Nuestras nociones de amor e inteligencia solo son ecos inaudibles que nos llegan del Amor e Inteligencia del cosmos.

¿Y vale la pena entregarse por amor a alguien sabiendo que no va a sentirse querido por nosotros, o al menos no como un humano lo sentiría? Si Dios no va a sentir que yo le amo, ¿para qué dárselo todo? Por mucho que yo patalee y le grite, Dios no va a pestañear ni va a responder. Una vez más, nos frustra que Dios no se emocione y responda como un humano, pero es que se trata de eso, de darlo todo sin esperar ni recibir nada a cambio. Ese es el amor incondicional que nos lleva al instante.

Dios solo nos va a agradecer nuestro amor a Él con silencio, con un instante eterno.

 


Friday, January 9, 2026

LA DESESPERACIÓN TOTAL

 

En este tranquilo paisaje invernal, el sinuoso camino nos recuerda que cada viaje, por frío o incierto que sea, encierra su propia promesa. A través de colores suaves y pinceladas delicadas, este artista desconocido revela que la soledad no es vacío, sino un espacio donde la claridad aprende a respirar.

 

A continuación vienen unas reflexiones tras haber leído "Sobre Dios. Pensar con Simonne Weil" de Byung-Chul Han. Lo considero un nuevo evangelio cristiano para nuestro tiempo. En él está todo lo que necesita alguien de nuestro tiempo para comprender a Dios, y en un espacio asombrosamente reducido. Las reflexiones tratan de enlazar con lo asimilado de Wolfgang Smith y de Juan Arnau.

 

*    *    *

La condición natural del ser humano es, como decía Kierkegaard, la desesperación total. Esto es así desde que tiene psyché (alma), o dicho de otro modo, desde que adquirió su condición de caído del Edén.

Simonne Weil diría que la desesperación del ser humano radica en que el alma humana tiene dos partes:

Una es la que corresponde a nuestra esencia animal, la que obedece a la causa que produce un efecto, a la causalidad horizontal del plano material. El ser humano tiene muchas necesidades en virtud de esta parte del alma. Dos que nos son propias como especie son la necesidad de razonar e imaginar. El resto también las tienen los otros animales.

Siempre que se enciende el apetito por una de estas necesidades sentimos un vacio que hay que llenar. Lo natural es llenarlo, satisfacer el apetito. No hacerlo sería sobrenatural. Si no se llena el vacío se siente dolor. Si se llena, se colma el vacío por un momento, hasta el siguiente apetito al menos.

La necesidad de razonar e imaginar responden a dos virtudes con un gran potencial, pero es inevitable que se pongan al servicio de colmar más y más apetitos de carácter animal. Siempre que tenemos hambre por un estímulo, lo natural es que la imaginación trabaje para hallar la forma de aplacar el hambre. Esto crea un vacío cada vez más difícil de cubrir (tolerancia), y de ahí la desesperación total.

Esta desesperación no tiene solución posible, porque queramos o no estamos atados al plano material. Pero tiene sin embargo una gran utilidad que puede ser aprovechada por la otra parte del alma humana: la parte contemplativa, la parte que puede quedarse inmóvil ante el vacío. Si espera lo suficiente para permitir que la otra parte del alma (la que incluye a la vanidad del ego) desaparezca, por un instante podemos escapar de la causalidad horizontal y existir en vertical. Entonces el vacío es colmado por Dios [1].

Esto de reprimir los apetitos está muy denostado en esta era de la glotonería, del híper-consumo y la híper-producción, pero hay una gran diferencia entre reprimir un impulso para ensalzar nuestro ego (por ejemplo, no comer para verse bello o para matar el cáncer [2]) y reprimirlo para que el ego desaparezca. La diferencia estriba en permanecer desesperado o por el contrario escuchar a Dios por un instante.

Entonces, es nuestra desesperación total la que nos lleva a Dios. Si el tránsito por el plano material de la causalidad horizontal no nos llevara a la desesperación, no haríamos nada por trascenderlo. Solo una criatura como nosotros es capaz por un instante de volver conscientemente a la fuente de pura conciencia, pagando un precio muy alto, el de la desesperación total el resto del tiempo. Dios así lo ha querido, y de ese modo está la figura de Cristo, para recordarnos esa desesperación y sacrificio con su elevación complementaria. Todo ser humano es un Cristo en potencia que puede elevarse al Cielo, si aprende a transitar adecuadamente su inframundo particular [3].

Permanecer siempre desesperado o parar de vez en cuando para escuchar a Dios. ¿Qué significa escuchar a Dios? Significa darse cuenta de dos cosas:

La primera es que nuestros ojos y nuestra piel no son nuestros. Es Dios quien ve y siente a través nuestro. Esto es obvio una vez el ego se diluye, porque entonces nada de lo que poseo es mío. Darse cuenta de esto permite experimentar el gozo del agradecimiento. Agradecer el poder servir a Dios en la contemplación de su obra a pesar de ser insignificantes, a pesar de ser nada. El dolor de la contemplación del vacío nos permite por un momento no ser nadie y de ese modo experimentar el gozo del agradecimiento a Dios. En resumen, Ser es Percibir, y Dios Es, percibiendo su obra a través de su obra. Nosotros somos parte de su obra.

La segunda de las cosas que se entienden al escuchar a Dios es que todo percibe y siente. Una piedra o un paisaje nos miran cuando los miramos, y podemos sentir que lo hacen si los contemplamos desde su indisponibilidad [4], desde el vacío de nuestro ego. Darse cuenta de esto permite experimentar el gozo de la correspondencia: nada existe por sí mismo, solo hay correspondencias.

 

 

Notas:

[1] Nuestra alma tiene dos partes, una mortal (natural) y otra inmortal (sobrenatural). La mortal come, la inmortal mira. La imaginación y la razón pertenecen a la parte mortal. Aunque tienen sus propios alimentos de consumo, gran parte de su función digestiva está al servicio de facilitar alimentos al resto de elementos de la parte mortal del alma, es decir, al servicio de alimentar todos nuestros deseos y miedos. Los deseos buscan un futuro impulsados por nuestro recuerdo pasado. Los miedos rechazan un futuro impulsados por nuestro recuerdo pasado. Ambos nos sacan del presente. No miran. Comen. La desesperación del ser humano consiste en que la parte mortal del alma asfixia a la parte inmortal, le quita todo su espacio de respiración. Esto es debido a la eficacia de la imaginación y la razón para alimentar a la parte mortal. De todos los animales desarrollados, es el humano el más desesperado. La única manera de suspender la desesperación por un momento es poniendo en ayuno al alma. Cuando la parte mortal deja de ser alimentada, se retira, creando un vacío donde la parte inmortal puede respirar. La razón y la imaginación eran elementos necesarios, para la supervivencia de la vida, pero también para llegar a desear volver a la fuente divina. La clave para lograr suspender por un momento la desesperación está en cómo gestionamos ese deseo. La razón le ha de decir al deseo que su objeto no está disponible, y lo sobrenatural consiste en mantener esa tensión del anhelo sabiendo que el objeto es inalcanzable. Lo sobrenatural es aprender a respirar en el vacío.

[2] Otro buen ejemplo de represión del deseo que estaría orientado a ensalzar el ego sería el tipo de disciplina productiva autoimpuesta tan común hoy día, ya sea en el gimnasio o en la oficina. Reprimimos la pereza o el deseo de parar por agotamiento con el objetivo en mente de alcanzar la gloria material, el reconocimiento profesional, el poder físico, mental o económico, o simplemente, seguimos funcionando acelerados por miedo a ser degradado, en definitiva, en defensa y fortalecimiento del ego, para seguir apuntalando nuestro personaje. Este ejemplo conecta con el diagnóstico de Han sobre la sociedad moderna del rendimiento y su pérdida de espiritualidad. Se nos plantea pues la dicotomía disciplina productiva versus disciplina contemplativa, o como dice Weil termodinámica del poder versus teodinámica del vacío.

[3] Remitiéndonos al mundo intermedio (o inframundo) de la cosmología tripartita de Wolfgang Smith, sabemos que es precisamente este espacio intermedio entre la circunferencia (mundo corpóreo) y el centro del círculo (eternidad) el que sirve de transición entre ambos mundos y permite que se interpenetren. También sabemos por Juan Arnau que la imaginación es una cualidad asociada con el mundo de los sueños, donde creamos y observamos al mismo tiempo, es un terreno de transición donde somos a la vez creadores omnipotentes y personajes vulnerables sujetos a todo tipo de contingencias. Un terreno donde lo eterno se interpenetra con lo transitorio y perecedero. Y sabemos que la cosmología tripartita tiene su expresión en la estructura humana, de manera que el mundo de los sueños se corresponde con el mundo intermedio. La imaginación es la parte que nos llevamos a la vigilia de esa capacidad que tenemos cuando soñamos. Por tanto, cuando decimos que la imaginación come y no mira, sugiriendo que mientras esta sigue activa no hay contemplación verdadera, aún siendo correcto, es preciso matizar que necesitamos imaginar mucho (aprender a transitar nuestro propio inframundo) antes de poder llegar al punto de ser capaces de suspender hasta la imaginación, porque para llegar a ese punto (al centro del círculo) hay que construir antes un precioso objeto de deseo por el que moveríamos montañas y al que finalmente debemos renunciar sin dejar de reverenciarlo e idolatrarlo (mantener esa tensión del anhelo sabiendo que el objeto es inalcanzable).

[4] Para entender esto de que lo bello o lo divino está por definición indisponible y no está hecho a nuestra medida es perfecto un párrafo del libro de Han:

Maurice Merleau-Ponty escribe acerca de la pintura de Cézanne: «Es un mundo sin familiaridad, en el que no nos sentimos a gusto y que prohibe cualquier expresión de los sentimientos. Si, después de haber contemplado los cuadros de Cézanne, vamos a ver cuadros de otros pintores, nos percataremos de que inmediatamente se produce una distensión, igual que cuando, después de un funeral, volvemos a entablar conversaciones que tapan esa novedad absoluta de la muerte y devuelven a los vivos su entereza». Tras una humanidad constituida, Cézanne descubre el orden divino de las cosas. Su paisaje no obedece a los seres humanos, sino a Dios. Reproduce el diálogo entre Dios y su creación. El artista da un paso atrás para ceder su espacio a la mirada de Dios sobre el mundo. Esta obediencia, esta humildad, espiritualiza el arte.